dissabte, 6 de maig del 2017

Memorias de Winston S. Churchill (V)

LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL


Las «bombas volantes»

En las primeras horas del 13 de junio de 1944, exactamente una semana después del día
«D», cruzaron nuestra costa cuatro aviones sin piloto. Eran la consecuencia prematura de una orden, alemana cursada urgentemente el día «D»  como reacción contra nuestros éxitos en Normandía.
Uno de ellos cayó en Bethnal Green, donde mató a seis personas e hirió a nueve. Los otros no ocasionaron bajas. No sucedió nada más hasta el atardecer de! 15 de junio, en que los alemanes iniciaron su campaña de «represalia» («Vergeltung») en gran escala. Más de doscientos de aquellos . royectiles fueron lanzados contra nosotros en el término de veinticuatro horas, y en las cinco semanas siguientes más de tres mil.

A 600 Km. por hora
La «bomba volante», como acabamos llamándola nosotros, había sido bautizada por Hitler con el nombre de «V-l», pues esperaba —y no,sin razón—que aquélla sería tan solo la primera de una serie de armas de terror que proporcionarían los investigadores alemanes. El artefacto en cuestión volaba a velocidades superiores a los seiscientos kilómetros por hora y a una altura aproximada de mil metros y llevaba algo asi como una tonelada de explosivo.
Iba dirigido por una brújula magnética y su alcance estaba regulado por una pequeña hélice que giraba por efecto del propio peso de la bomba por el aire. Cuando la hélice había dado un determinado número de vueltas que correspondía a la distancia desde el punto de lanzarmiento hasta Londres, el sistema de control del proyectil orientaba a éste hacia tierra. Los daños de la explosión eran tanto más graves cuanto que por regla general la bomba estallaba antes de clavarse en el suelo. 
Aquella nueva forma de ataque impuso a la población de Londres una carga quizá aún más onerosa que las incursiones aéreas de 1940 y 1941. La incertidumbre y la tensión eran más prolongadas. La aurora no aportaba ningún alivio ni las nubes descanso alguno. El hombre que regresaba a su casa por la noche no sabw nunca lo que iba a encontrar allí. La esposa, todo el día sola o en compañía de los hijos, no podía tener la seguridad de que su marido volviese sano y salvo ai hogar. El carácter ciego e impersonal, de tales proyectiles daba al individuo que estaba en el suelo una sensación de absoluto desamparo. Allí nó había enemigo humano al cual derribar.

En plena tragedia
Mi hija Mary estaba aún prestando servicio en la batería antiaérea de Hyde Park. El domingo 18 de junio, por la mañana, estando yo en Chequers, mi esposa me dijo que iba a hacerle una visita. Encontró la batería en acción. Una bomba había pasado por allí encima y había demolido una casa en Bayswater Road. Al poco rato mi esposa y mi hija vieron salir de las nubes un diminuto objeto negro que parecía como si fuese a caer cerca de Downing Street.
Mi coche había ido allí a recoger la correspondencia y el chófer quedó sorprendido al ver que toda la gente que pasaba por ia Plaza del Parlamento se tendía súbitamente de bruces en el suelo. Se produjo una explosión sorda a no mucha distancia, y unos momentos después todo el mundo prosiguió su camino como si nada hubiese ocurrido.
La bomba había caído en la capilla de la Guardia Real, en el cuartel de Wellington, donde se celebraba una solemne función religiosa a la que asistían muchos distinguidos oficiales de aquella brigada. El proyectil dio de lleno en el edificio, que quedó destruido en un segundo. Murieron cerca de doscientos miembros de la Guardia, y sus parientes y amigos quedaron también sepultados, muertos o malheridos bajo el informe montón de escombros. Fue una verdadera tragedia.
Yo estaba aún en cama, despachando documentos oficiales, cuando regresó mi esposa. «La batería ha tenido que funcionar — me dijo lacónicamente—. La capilla de la Guardia Real está destruida.» Ordené en seguida que la Cámara de los Comunes trasladase de nuevo su sede a la Church House, cuyo moderno armazón de acero ofrecía una cierta mayor protección que el palacio de Westminster. Esto llevó aparejado el trajín que es de suponer.
En la primera sesión secreta que celebró la Cámara después del traslado, uno de los diputados preguntó con no reprimida indignación: «¿Por qué hemos vuelto aquí?» Antes, de que yo pudiese responder, intervino otro diputado: «Si Su señoria quiere darse una vuelta por Birdcage Walk, a pocos centenares de metros de este lugar verá satisfecha su curiosidad:». Prodújose un largo silencio y no se habló más del asunto. A medida que pasaban los días, iban siendo alcanzados los distintos barrios y suburbios de Londres. Unas 750.000 casas sufrieron daños, 23.000 de ellas sin reparación posible. Pero aunque Londres fue la zona más afectada, también lejos de sus límites se registraron bajas y daños.
Determinadas zonas de Sussex y Kent, conocidas popularmente con el nombre de «pasillo de las bombas» porque quedaban situadas en la .línea de paso de los proyectiles, pagaron un elevado tributo; y las bombas, aunque todas iban dirigidas al corazón de Londres, caían también en el espacio comprendido entre Hampshire y Suffolk. Una cayó cerca de mi casa, en Westerham, y mató, por atroz fatalidad, a veintidós niños sin hogar y a cinco personas mayores que se hallaban en un refugio construido para, ellos en pleno bosque.

Medidas defensivas de urgencia .
Nuestro Servicio de Información había previsto acertadamente seis meses antes cómo funcionarían los proyectiles dirigidos, pero no nos había sido posible organizar unas defensas adecuadas de cazas y artillería antiaérea.: Nuestros cazas más rápidos, desprovistos ya a tal efecto de toda la carga innecesaria y manejados con decisión por sus tripulantes, apenas si podían alcanzar a los velocísimos proyectiles.
Para mayor desdicha, el enemigo disparaba las bombas en descargas cerradas, con la esperanza de saturar nuestras defensas. Nuestro procedimiento normal de emprender el vuelo al recibir el aviso era demasiado lento, por lo cual los cazas tenían que mantenerse en servicio permanente de patrulla, localizando y persiguiendo a su presa con la ayuda de las indicaciones que les transmitían las estaciones de «radar» y los puestos de observación.
Las bombas volantes érán mucho más pequeñas que los aviones normales y por lo tanto, era difícil verlas y disparar contra ellas con éxito. Había pocas probabilidades de hacer blanco desde mucho más allá de trescientos metros; pero era peligroso abrir fuego desde menos de doscientos metros, pues la bomba, al estallar podía destruir al caza atacante. La llama roja de sus tubos de escape hacía que las bombas fuesen más visibles en la obscuridad, y durante las dos primeras noches nuestras baterías antiaéreas de Londres dispararon contra ellas y anunciaron que habían derribado muchas.
Esto fue una imprudencia; pues sirvió de orientación al enemigo respecto a la puntería. De no haber sido así, algunos de los proyectiles quizá habrían ido a caer en campo abierto, fuera de la capital. Fue suspendida, por lo tanto la acción artillera en la zona metropolitaria, y el 21 de de junio los cañones habían sido trasladados ya a la línea avanzada de los North Downs.
Muchas de las bombas volaban a alturas que al principio se consideraron «incómodas» para la artillería: escasas para los cañones pesados y excesivas para las otras piezas; pero afortunadamente, luego resultó posible utilizar aquéllos contra objetivos más bajos de lo que al principio se había creído.
Habíamos imaginado, naturalmente, que algunas de las bombas no serían alcanzadas por los cazas ni por los cañones. Para hacer, frente a esta contingencia instalamos una vasta barrera de globos al sur y al sudeste de Londres. En el curso de la campaña la barrera en cuestión «cazó» 232 bombas, cada una de las cuales habría caído casi inevitablemente en algún punto de la zona londinense.
No nos habíamos limitado, empero, a las medidas defensivas.. Las primeras rampas de lanzamiento instaladas en Francia, noventa y seis en total, desde las cuales tenían que haber sido disparadas las bombas, venían siendo violentamente atacadas por nuestros bombarderos desde diciembre de 1943 y la mayoría de ellas habían quedado eliminadas. Pero a pesar de todos nuestros esfuerzos, el enemigo había logrado realizar el ataque desde otras rampas situadas en puntos menos visibles, y las bombas atravesaban nuestras defensas en cantidades que, aun siendo menores de lo que el enemigo había esperado originalmente, nos planteaban considerables problemas. . . . .
Durante la primera semana, del bombardeo retuve en mis manos la dirección-de la defensa. Pero el 20 de junio, la transferí a un Comité, presidido por Duncan Sandys (hijo político del primer ministro, a la sazón secretario parlamentario del Ministerio de Abastecimientos), al cual dimos el nombre convencional de «Crossbow» («Ballesta»), Formaban parte del Comité el mariscal de aviación Bottomley,, subjefe del Estado Mayor del arma, aérea; el mariscal aviación Hill, jefe de la defensa aérea de la Gran Bretaña, y el general Pile, jefe del servicio dé defensa antiaérea.

Londres no flaqueará jamás
El 6 de julio expliqué a la Cámara de los Comunes las medidas que el Gobierno había adoptado desde principios de 1943. En todo caso, nadie podía decir que el ataque nos había cogido por sorpresa. Nadie protestó. Todo el mundo comprendía que era preciso soportar aquella prueba que nuestras esperanzas de avance victorioso en Normandía hacían más llevadera. 
Se habían tomado las medidas oportunas para la evacuación de mujeres y niños, así como para poner en servicio los refugios profundos. que hasta entonces habíamos mantenido en reserva y dije que haríamos cuanto fuese humanamente posible para hacer fracasar .aquel nuevo ataque; pero terminé con unas palabras que parecían adecuadas al tono de aquella hora crucial: «No cabe pensar én permitir que se produzca la más ligera debilitación en el esfuerzo combativo con objeto de reducir en importancia unos daños que, aun cuando produzcan amargos sufrimientos a muchas personas y modifiquen en cierto modo la normalidad de la vida y la industria de Londres, no se interpondrán nunca entre la nación británica y su deber en la vanguardia de un mundo victorioso y vindicador.
Para algunos puede representar un consuelo saber que están compartiendo en no escasa medida. los azares de nuestros soldados que luchan en ultramar, y que los golpes que sobre ellos caen disminuyen los que bajo otras  formas habrían afligido a nuestros combatientes y a sus aliados. Pero de una cosa sí estoy seguro: de que Londres no será vencido nunca ni faqueará jamás, y que su gloria, triunfante de todas las pruebas, brillará entre los hombres a través de los siglos.»
Sabemos ahora que Hitler estaba convencido de que la nueva arma sería «decisiva» para modelar su versión perspnal y retorcida de la paz. Incluso sus asesores militares, que no estaban tan ciegos como su amo, esperaban que la agonía de Londres nos induciría a lanzar algunos de nuestros ejércitos a un desembarco catastrófico en el Paso de Calais, en un intento desesperado de apoderarnos de las rampas de lanzamiento de bombas. Pero ni Londres ni el Gobierno flaquearon, y el 18 de junio pude asegurar al general Eisenhower que soportaríamos la prueba hasta el fin, sin pedir que introdujera cambio alguno en sus planes estratégicos para la campaña de Francia.

Contraataques eficaces
Nuestros bombardeos contra las instalaciones de lanzamiento prosiguieron durante  algún  tiempo, pero antes de terminar el mes de junio se hizo ya evidente que aquellos objetivos eran de menor cuantía.

El mando del servicio de bombardeo, deseoso de contribuir con más eficacia a aliviar los sufrimientos de Londres, buscó otros objetivos mejores, y no tardó en encontrarlos. Los depósitos principales de bombas volantes en Francia se hallaban entonces en unas  cuantas cuevas naturales en los alrededores de París, utilizadas durante mucho tiempo por los cultivadores franceses de setas. Una de tales cuevas, en St. Leu d'Esserent, en el valle del Oise, era capaz, según los cálculos alemanes, para unas dos mil bombas. De allí había salido el setenta por ciento de los proyectiles disparados en junio.
A principios de julio fue totalmente destruida por nuestra aviación, que descargó allí sus bombas de mayor peso con objeto de hundir la bóveda de la cueva. Otra de ellas, cuya capacidad se calculaba en un millar de proyectiles, fue aplastada por bombarderos norteamericanos. Hoy sabemos que por lo menos trescientas bombas volantes quedaron irremediablemente sepultadas en esta última gruta. 
Nuestros bombarderos no lograron los éxitos reseñados sin pérdidas. De todas nuestras fuerzas, aquéllas fueron las que primero actuaron contra las bombas volantes. Habían atacado oportunamente centros de investigación y fábricas en Alemania, así como puestos de lanzamiento y depósitos de proyectiles en Francia. Al terminar la campaña habían muerto en la defensa de Londres unos dos mil hombres de la aviación de bombardeo británica y aliada.

La «V-l» dominada

En el cuartel general de la defensa aérea de la Gran Bretaña se había, dedicado especial atención al papel que debían desempeñar los cazas, y la artillería.
Al principio nuestro dispositivo parecía bastante acertado: patrullas de cazas sobre el Canal de la Mancha y sobre una buena parte de los condados de Kent y Sussex. por dollde las bombas pasaban dispersas, y artillería antiaérea concentrada: en un cinturón más cerca de Londres, donde las bombas iban formando un frente más compacto a medida que se acercaban a su objetivo. Pero en la segunda semana de julio el general Pile y algunos, otros técnicos llegaron a la conclusión de que los cañones podían actuar con mayor eficacia, sin interferir la acción de los cazas, trasladando las baterías a la misma costa. Tras unos días de ligero desconcierto, el nuevo sistema dio excelentes resultados. Hacia fines de agosto tan sólo una bomba de cada siete llegaba hasta la zona londinense. La fecha en que se batió el «record» en este aspecto fue el 28 de agosto. Aquel día el enemigo disparó noventa y cuatro bombas.
Fueron destruidas todas menos cuatro. La barrera de globos interceptó dos, los cazas veintitrés y los cañones sesenta y cinco. La «V-l» había sido dominada. Los alemanes, que observaban atentamente la acción de nuestros cañones desde el otro lado del Canal estaban asombrados ante  el éxito de nuestra artillería. No habían resuelto aún el misterio cuando en la primera semana de septiembre sus puestos de lanzamiento fueron ocupados por el victorioso y rápido avance de los ejércitos británico y canadiense desde Normandía hasta Amberes.

Coordinación de fuerzas
Aunque después los alemanes nos hostilizaron de vez en cuando con bombas volantes lanzadas desde los aviones y con unas pocas bombas de largo alcance desde Holanda, la amenaza tuvo a partir de entonces un carácter insignificante.

En total el, enemigo disparó contra Londres unas ochó mil bombas, de las cuales dieron en el blanco unas dos mil cuatrocientas. El total de bajas entre nuestra población civil fue de seis mil ciento ochenta y cuatro muertos y diecisiete mil novecientos ochenta y un heridos graves.  Nuestro Servicio de Información había desempeñado un papel importantísimo. Conocimos con tiempo suficiente las dimensiones del arma y la forma en que la misma había de «comportarse», así como la proyectada intensidad del ataque. Esto nos permitió poner a nuestros cazas en condiciones de hacer frente a aquella ofensiva. Gracias también al mencionado Servicio fueron localizados los puestos de lanzamiento, con lo cual nuestros bombarderos pudieron primero retrasar el ataque y luego mitigar su violencia.
Pero el Servicio de Información, a pesar de su eficacia, habría sido inútil por sí solo. Los cazas, los bombarderos, la artillería, los globos, los hombres de ciencia, la Defensa Civil y toda la organización situada tras ellos cumplieron sus respectivas misiones hasta el máximo. Fue una defensa bien concertada y en gran escala, coronada por el triunfo dé nuestros ejércitos en territorio francés.




La Vanguardia 06-11-1953

divendres, 5 de maig del 2017

Memorias de Winston S. Churchill (IV)

LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Avance en tromba

Sonó al fin la hora de la gran ofensiva norteamericana de ruptura bajo el mando del general Omar Bradley.

Ataque general

El 25 de julio de 1944 su VIl Cuerpo de Ejército atacó hacia el Sur desde Saint Lo y al día siguiente el VIII Cuerpo de Ejército, situado a la derecha de aquél, se incorporó a la batalla. El bombardeo realizado por la aviación norteamericana había sido devastador, y el empuje de ¡a infantería fue fructífero. Los tanques avanzaron rápidamente hasta el punto clave de Coutances. Quedó cortada la carretera de escape hacia el Sur que los alemanes tenían en aquella costa de Normandía, y todo el sistema enemigo de defensa al oeste del río Vire cayó en la confusión y el caos. Los caminos y las carreteras estaban atestados de tropas en retirada, y los bombarderos y caza-bombarderos aliados asolaban las filas de hombres y vehículos. El avance proseguía en forma arrolladora.
Avranches fue ocupado el 31 de julio, con lo cual quedó abierto el camino de la península de Bretaña por la zona costera. Los canadienses, a las órdenes del general Crerar, efectuaron simultáneamente un ataque desde Caen bajando por la carretera de Falaise. Cuatro divisiones blindadas alemanas se opusieron con éxito a esta acción. Montgomery, que ostentaba aún el mando en toda la línea de batalla, transfirió entonces el peso del ataque británico a otro frente y ordenó al II Ejército británico, mandado por el general Dempsey, que lanzara una nueva embestida desde Caumont en dirección a Vire. Precedido otra vez por un intenso bombardeo aéreo, esté ataque empezó el 30 de julio. Vire fue tomado pocos días más tarde.

Comparaciones poco agradables

Cuando se inició la gran ofensiva norteamericana y el cuerpo de ejército canadiense vio frenado su avance en la carretera de Falaise, se establecieron a expensas nuestras algunas comparaciones desagradables.
Del primer ministro al general Montgomery. «27 de julio de 1944 Anoche comunicaron desde el Cuartel General Supremo de las fuerzas expedicionarias norteamericanas que las tropas británicas habían sufrido «un revés bastante grave». No estoy enterado de ningun hecho que justifique semejante afirmación. Tengo entendido que sólo se han producido ligeros repliegues de un kilómetro aproximadamente en el ala derecha de las fuerzas de usted que atacaron hace poco, y me parece que no existe justificación alguna para utilizar dicha expresión.
Esto, como es natural, ha dado mucho que hablar aquí. Me gustaría saber exactamente lo ocurrido a fin de mantener la confianza entre los que dudan o critican en las altas esferas. Considero, desde luego, de la máxima importancia que el Ejército británico ataque de firme y se abra paso. De no ser así, surgirán, comparaciones entre los dos ejércitos que conducirán a peligrosas recriminaciones y afectarán a la eficacia combativa de la organización aliada. Como usted sabe, tengo la más absoluta confianza en usted y ya sabe que puede usted confiar en mí.»

Montgomery contestó:
Patton

«No tengo noticias de ningún «revés grave». El enemigo ha acumulado grandes contingentes de fuerzas al sur de Caen para oponerse a nuestro avance en aquella zona. Ayer y anteayer se combatió con especial dureza, y como consecuencia de ello el cuerpo de ejército canadiense hubo de retroceder cosa de un kilómetro desde las posiciones más avanzadas que había alcanzado.
Mi táctica desde el principio ha consistido en atraer el grueso da las fuerzas blindadas enemigas hacia mi flanco oriental y presentarles allí batalla con objeto de que nuestras operaciones en el flanco occidental puedan discurrir con mayor fluidez. He logrado lo que me proponía. El grueso de las fuerzas blindadas enemigas se hallan ahora desplegadas ante mi flanco occidental, al este del rio Odón, y mis operaciones en el Oeste, se desarrollan con brillantez y los norteamericanos avanzan rápidamente...»

El arte de «abrirse paso»
El optimismo de Montgomery se vio justificado por los acontecimientos. El 3 de agosto le telegrafié:

«Me encanta ver que el desarrollo de su plan, que usted me explicó hace pocos días, ha sido plenamente satisfactorio. Es evidente que el enemigo seguirá presionando en el flanco oriental con desesperado vigor. Me inclino a creer que la península de Brest será conquistada a muy  poco precio. Me alegro de que nuestros blindados y nuestras tropas avanzadas hayan tomado Vire. Por lo que se puede apreciar en el mapa, deben de haber realizado ustedes varios copos importantes...»

El 7 de agosto me trasladé nuevamente por vía aérea al Cuartel General de Montgomery, Después de que éste me hubo explicado la situación con todo detalle a la vista de sus mapas, llegó un coronel norteamericano para acompañarme a ver al general Bradley.

La ruta que debíamos seguir había sido cuidadosamente estudiada para que yo pudiese ver la aterradora devastación de las ciudades y pueblos a través de las cuales se habían abierto paso las tropas de los Estados Unidos. Todas las casas estaban pulverizadas por efecto de los bombardeos aéreos. Llegamos al Cuartel General de Bradley hacia las cuatro de la tarde. El general me recibió cordialmente, pero me di cuenta de que reinaba gran tensión, pues la batalla se hallaba en su punto culminante y llegaban mensajes cada dos o tres minutos. Abrevié, por lo tanto, mi visita y volví en coche hasta el lugar en que me esperaba mi avión.
Me disponía a subir al mismo, cuando, con gran sorpresa por mi parte, llegó Eisenhower. Había ido por vía aérea desde Londres a su cuartel general avanzado, y al enterarse de que yo andaba por allí quiso verme. No había tomado aun de manos de Montgomery el mando efectivo de las fuerzas en campaña, pero lo supervisaba todo con ojo vigilante. Y lo cierto es que nadie sabía mejor que él cómo encontrarse en el escenario de un acontecimiento de magnas proporciones sin menoscabar la autoridad que había delegado en otras personas.

Acción fulminante contra Bretaña

El III Ejército de los Estados Unidos, a las órdenes del general Patton, había sido ya constituido y estaba en plena acción. Patton destacó dos divisiones blindadas y tres de infantería para lanzarlas hacia el Oeste y el Sur con objeto de limpiar la península de Bretaña. Los contingentes enemigos aislados del grueso de las fuerzas se retiraron inmediatamente hacia sus puertos fortificados.
El Movimiento de Resistencia francés, que en aquella zona contaba con treinta mil hombres, desempeñó un notable papel y la península fue rápidamente ocupada. Al terminar la primera semana de agosto los alemanes — 45.000 hombres en servicio de guarnición y los restos de cuatro divisiones habían sido empujados, hasta sus perímetros defensivos en Saint Malo, Brest, Lorient y Saint Nazaire. Allí podía tenérseles acorralados y dejar que se consumieran, ahorrando así las inútiles bajas que habrían ocasionado los ataques frontales inmediatos. El daño causado a Cherburgo había sido enorme, y era seguro que cuando los puertos de Bretaña fuesen ocupados se invertiría mucho tiempo en su reparación.
Los excelentes servicios prestados por el puerto sintético de Arromanches, los fondeaderos en puntos abrigados de la costa, asi como el inesperado partido que se había sacado de muchas pequeñas bahías y calas de Normandía. habían aminorado la urgencia de la ocupación de los puertos bretones, a la que tanta importancia habíamos concedido en nuestros planes iniciales. Además yendo las cosas tan bien como iban, podíamos confiar en disponer pronto de otros puertos franceses mucho mejores, desde El Havre hasta otros situados más al Norte. Brest, empero, que poseía una importante guarnición presidida por un comandante muy enérgico, constituía un peligro que era preciso eliminar. La fortaleza se rindió el 19 de septiembre ante durísimos ataques de tres divisiones norteamericanas.

La «escapada» de Patton



Mientras la Bretaña iba de este modo siendo ocupada, el resto del III Ejército de Patton se lanzaba hacia el Este en el audaz avance en forma de «gancho» que había de llevarle hasta el vacío comprendido entre el Loira y París, y bajando por el curso del Sena hasta Ruán. La ciudad de Laval fue ocupada el 6 de agosto: y Le Mans el día 9 Pocas tropas alemanas encontraron en toda, aquella vasta región las fuerzas norteamericanas Que avanzaban La principal dificultad consistía en abastecer a éstas a causa de las distancias cada vez más largas que las separaban del grueso del cuerpo expedicionario. 

A excepción de un limitado servicio de transporte aéreo, todo había de proceder aún de las playas en qué se efectuó el desembarco inicial y bajar por la parte occidental de Normandía, a través de Avranches, para llegar al frente. Por consiguiente, Avranches se convirtió en el «cuello de botella» que brindaba una ocasión tentadora, para un ataque alemán hacia el Oeste partiendo de las cercanías, de Falaise.
La idea hizo presa en la imaginación de Hitlér, quien ordenó que el mayor contingente posible de fuerzas atacara Mortain, se abriera paso hasta Avranches y con ello cortara las comunicaciones de Patton. Los altos jefes militares alemanes se mostraron, unánimes en su oposición a tal proyecto. Dándose cuenta de que la batalla de Normandía estaba ya perdida, querían utilizar cuatro divisiones que acababan de llegar procedentes del XV Ejército apostado en el Norte para efectuar una retirada ordenada hasta la línea del Sena. Hitler se mantuvo en sus trece, y el 7 de agosto cinco divisiones blindadas y dos de infantería lanzaron un violento ataque contra Mortain desde el Este. El golpe descargó sobre una sola división norteamericana, pero ésta se mantuvo firme y otras tres acudieron acto seguido en su ayuda.
Al cabo de cinco días de dura lucha y concentrados bombardeos aéreos, la audaz embestida fue rechazada, y tal como los generales enemigos habían pronosticado, todo el saliente desde Falaise hasta Mortain lleno de tropas alemanas, quedó á merced de ataques convergentes por tres lados.




La «bolsa» de Falaise: un degolladero

Al sur de dicho saliente, uno de los cuerpos del III Ejército norteamericano había sido destacado hacia el Norte, por Alengon. en demanda de Argentan, adonde llegó el 13 de agosto. El I Ejército norteamericano, mandado por el general Hodges, atacó hacia el Sur desde Vire, y el II Ejército británico en dirección a Conde.
Las fuerzas canadienses, apoyadas nuevamente por bombarderos pesados, siguieron presionando hacia abajo por la Carretera Caeri-Falaise, esta vez con mayor éxito, pues alcanzaron su objetivo el IV de agosto. La aviación aliada machacaba a los alemanes apiñados dentro de la larga y estrecha «bolsa», mientras la artillería abría horribles brechas en sus filas. Los alemanes resistían obstinadamente en los puntos extremos de la tenaza en Falaise y Argentan, y dando preferencia a sus unidades blindadas, procuraban evacuar todas las fuerzas que podían. Pero el 17 dé agosto se rompió toda ligazón de mando y disciplina, y el escenario de la lucha se convirtió en un degolladero.  El 20 de agosto quedó cerrada la tenaza, y aunque a la sazón una buena parte de las tropas enemigas había podido escurrirse hacia el Este, no menos de ocho divisiones germanas fueron aniquiladas. Lo que había sido bolsa de Falaise se convirtió en su tumba.
Liberación de París
Eisenhower estaba decidido a no librar una batalla para conquistar París.
Los ejemplos de Stalingrado y Varsovia habían puesto de relieve los horrores de los ataques frontales y de los alzamientos patrióticos, por lo cual resolvió cercar la capital y obligar a la guarnición a rendirse o huir. El 20 de agosto había llegado la hora de actuar. Patton había cruzado el Sena cerca de Mantés y su flanco derecho había llegado a Fontainebleáu.
El Movimiento de Resistencia francés se había sublevado. La policía estaba en huelga. La Prefectura se, hallaba en manos de los patriotas. Un oficial de la Resistencia llegó al Cuartel General de Patton con informaciones de interés vital que el miércoles 23 de agosto por la mañana fueron entregadas a Eisenhower en Le Mans. 
Junto a las fuerzas de Patton luchaba la 2a División blindada francesa, a las órdenes del general Leclerc, que había desembarcado en Normandía el 1 de agosto y había desempeñado un notable papel en el avance. De Gaulle llegó el mismo día, y el comandante supremo aliado le aseguró que cuando sonara la hora —y tal como se había convenido oportunamente — las tropas de Leclerc serían las primeras en entrar en París. Las noticias de que se estaba luchando en las calles de la capital indujeron a Eisenhower a actuar, y Leclerc  recibió orden de emprender la marcha.
El general Leclerc escribió a Dé Gaulle: «He tenido la sensación... de estar reviviendo la situación de 1940, pero a la inversa: absoluto desorden en el bando enemigo, sorpresa total en sus filas.» Decidió actuar con audacia y eludir más bien que aplastar a las concentraciones alemanas. El 24 de agosto avanzaron sobre la ciudad los primeros destacamentos desde Rambouillet, adonde habían llegado la víspera procedentes de Normandía. El grueso de las fuerzas, dirigido por el coronel Billotte — hijo del jefe del Primer Grupo de Ejércitos francés, que murió en el campo de batalla en mayo de 1940—, subía procedente dé Orleáns Aquella noche un destacamento avanzado de tanques llegó a  Puerta de Italia y a las 9,22 exactamente entró en la Plaza del Ayuntamiento. Al día siguiente a primeras horas de la mañana, las columnas blindadas de Billotte dominaban las dos márgenes del Sena frente a la Cité.
Poco después de mediodía el C. G. del comandante alemán de París, general Von Choltitz, establecido en el Hotel Meurice, se hallaba ya cercado, y Von Choltitz se rindió a un teniente francés, quien le condujo a presencia de Billotte. Entretanto había llegado Leclerc y se había instalado en la Gare Montparnasse. Por la tarde se trasladó a la Prefectura de Policía. Hacia las cuatro, Von Choltitz fue llevado ante él. Era el final del largo camino recorrido de Dunkerque al lago Chad y regreso a los lares patrios.
Leclerc, expresando en voz alta sus pensamientos, musitó: «Maintenant, ca y est...» y luego, en alemán, se dio a conocer al vencido. Tras una discusión breve y seca fue firmada la capitulación de las fuerzas que componían la guarnición. Los elementos de la Resistencia y las tropas regulares ocuparon uno tras otro los restantes puntos clave.

La apoteosis de De Gaulle
La ciudad se entregó a una manifestación de auténtico frenesí. La gente escupía a los prisioneros alemanes, arrastraba por las calles a los colaboracionistas y festejaba a las tropas liberadoras. En medio de aquellas escenas de un triunfo largamente esperado llegó el general De Gaulle. A las cinco de la tarde descendió de su automóvil en la Rué St. Dominique y estableció su Cuartel General en el Ministerio de la Guerra.
Dos horas después en el Ayuntamiento apareció por primera vez como jefe de la Francia Libre ante la jubilosa muchedumbre en compañía de las principales figuras de la Resistencia y de los generales Leclerc y Juin. Se produjo un espontáneo estallido de loco entusiasmo.  Al día siguiente, 26 de agosto, por la tarde, De Gaulle hizo su entrada oficial a pie por los Campos Elíseos hasta la Plaza de la Concordia y desde allí en automóvil hasta Notre Dame. Hubo un tiroteo provocado por algunos colaboracionistas apostados en las azoteas de unas casas. La multitud se dispersó, pero tras unos momentos de pánico, continuó hasta el fin la solemne ceremonia de la liberación de París.

Balance de la campaña
El 30 de agosto nuestras tropas cruzaban el Sena por varios puntos. Las pérdidas enemigas habían sido terribles: 400.000 hombres, la mitad de ellos prisioneros, 1.300 tanques, 20.000 vehículos y 1.500 piezas de artillería de campaña. El VII Ejército alemán y todas las divisiones que habían sido enviadas para reforzarlo quedaron deshechos.
La ofensiva aliada de ruptura desde la cabeza de playa había sido demorada por el mal tiempo y la errónea decisión de Hitler. Pero una vez hubo terminado la batalla, todo fue como una seda y nuestras tropas llegaron al Sena seis días antes de lo que se había previsto. Como queda dicho, surgieron críticas relativas a la lentitud de los movimientos en el frente británico de Normandía.
Los espléndidos avances norteamericanos en las fases ulteriores de la batalla parecían indicar, en efecto, un mayor éxito por parte de nuestros aliados que por la nuestra. Es preciso, por lo tanto, recalcar que todo el plan de campaña consistía en que el frente británico sirviese de pivote y atrajese hacia sí a las reservas enemigas con objeto de facilitar de este modo el movimiento envolvente norteamericano. En el plan original la misión del II Ejército británico quedaba señalada en los siguientes términos: «Proteger el flanco de los ejércitos norteamericanos mientras éstos vayan ocupando Cherburgo, Angers, Nantes y los puertos de la Bretaña».
Esto se logró gracias a la decisión y al ardor combativo de nuestras tropas. El general Eisenhower, que apreciaba en todo su valor la acción de sus camaradas británicos, escribió en su informe oficial: «Sin los grandes sacrificios realizados por los ejércitos anglo-canadienses en  las atroces y agotadoras batallas de Caen y Falaise, los espectaculares avances de las tropas aliadas en otros puntos no se habrían producido.»


La Vanguardia 04-11-1953








dijous, 4 de maig del 2017

Memorias de Winston S. Churchill (III)

LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL


Preparativos de ofensiva

Fuera del campo de batalla se producían otros acontecimientos que habían de influir en el futuro. En la noche del 12 al 13 de junio cayeron en Londres las primeras bombas volantes. Eran arrojadas desde diversos puntos del norte de Francia situados a gran distancia de nuestros ejércitos que ya luchaban en Normandia. Una parte de la aviación estratégica reanudó los ataques contra aquellos puntos; pero, naturalmente, no cabía pensar en modificación alguna del curso de la batalla terrestre a causa de esto, Como dije en el Parlamento, la poblaciói de la metrópoli tendría la sensación de estar compartiendo los azares de sus soldados.

Obstinación suicida
El 17 de junio, en Margival, cerca de Soissons, Hitler celebró una conferencia con Rundstedt y Rommel. Sus dos generales intentaban con gran energía disuadirle de la locura que suponía pensar en hacer que el Ejército alemán se desangrara hasta morir en Normandia. Hacían hincapié en que, antes de que fuese destruído, el VII Ejército debía retirarse ordenadamente hasta el Sena, donde, junto con el XV Ejército, podría librar una batalla defensiva, pero de movimiento con una cierta posibilidad de éxito cuando menos. Pero Hitler no estaba dispuesto a ceder.
Allí, como en Rusia e Italia, exigía que no se abandonase un palmo de terreno y que todos y cada uno de los hombres luchasen en el puesto en que se hallaban. Como es lógico, los generales tenían razón. Al sistema de Hitler de luchar hasta la muerte en todos los frentes a la vez le faltaba un elemento importantísimo: la facultad de selección.

Un entorpecimiento inesperado
En la zona de combate a lo largo de la costa nuestra labor de consolidación realizaba notables progresos. Unidades navales de bombardeo de todos los tipos, incluso acorazados, seguían apoyando a los ejércitos que luchaban en la franja costera, especialmente en el sector oriental, donde el enemigo concentraba el grueso de sus fuerzas blindadas y donde la acción de sus baterías resultaba más entorpecedora para los movimientos de las tropas aliadas.
Los submarinos y algunos buques ligeros de superficie trataban de atacar, aunque con escaso éxito; pero las minas, la mayor parte de las cuales eran lanzadas desde los aviones, ocasionaron notables pérdidas a los barcos aliados y demoraron la labor de consolidación de nuestras fuerzas.
En las playas el desembarco proseguía a buen ritmo. En- los seis primeros días fueron llevados a tierra 326.000 hombres, 54.000 vehículos y 104.000 toneladas de suministros. A pesar de las graves pérdidas que sufrían las unidades de desembarco, iba tomando forma rápidamente una inmensa organización de intendencia. Cada dia llegaba un promedio de más de doscientos buques de todos los tipos con material y abastecimientos de diversas clases. El 19 de junio estaban ya en funcionamiento dos puertos sintéticos, uno en Arromanches y el otro a quince kilómetros más al Oeste, en el sector norteamericano.
La instalación de «Plutón», el oleoducto submarino, estaba asimismo muy adelantada. Pero entonces se desató un temporal que duró cuatro días y que paralizó casi totalmente las operaciones de desembarco de hombres y la descarga de material. Causó además graves daños a los rompeolas recién colocados. El puerto sintético del sector norteamericano quedó destruido, y las piezas aprovechables del mismo fueron destinadas a reparar el de Arromanches. Aquel temporal, de magnitud inigualada en el mes de junio desde hacía cuarenta años, fue para nosotros un serio contratiempo. Nos hallábamos ya retrasados en nuestro programa de desembarco. La operación de ruptura hubo de ser asimismo demorada y el 23 de junio nos encontrábamos tan sólo en la línea que habíamos previsto para el día 11.
Arromanches

La conquista de Caen
En la última semana de junio las fuerzas británicas establecieron una cabeza de puente sobre el río Odón, al sur de Caen. El enemigo rechazó los intentos de ampliarla hacia el Sur y el Esté a través del río Orne. El sector meridional del frente británico fue atacado por dos veces con varias divisiones blindadas.
Tras durísimos combates, los alemanes fueron rechazados en toda la línea, con elevadas pérdidas ocasionadas por nuestra aviación y la potente acción de nuestra artillería. Por cierto que estos ataques fueron lanzados como consecuencia de las órdenes dadas por Hitler en la conferencia de Soissons, El 30 de junio Keitel telefoneó a Rundstedt y le preguntó: — ¿Qué hemos de hacer? — ¡Concertar la paz, idiotas! — contestó Rundstedt—. ¿Qué otra cosa podéis hacer? A la sazón nos correspondía a nosotros pasar a la ofensiva, y el 8 de julio se inició un violento ataque contra Caen desde el  Norte y el Noroeste. Prepararon el camino los primeros bombardeos tácticos llevados a cabo por los bombarderos pesados aliados, sistema éste que a partir de entonces se convirtió ya en una de las fases normales de la contienda.
Bombarderos pesados de la R. A. F. arrojaron más de dos mil toneladas de explosivos sobre las defensas alemanas, y al amanecer empezó la infantería británica su avance, inevitablemente obstaculizado por los embudos de las bombas y por los escombros de los edificios derribados. El 10 de julio toda la parte de Caen situada al oeste del río había sido ocupada y así pude decir a Montgomery: «Mi más cordial enhorabuena por la conquista de Caen.» Smuts, que había regresado a África del Sur, envió un telegrama cargado de sugestiones y revelador de una extraordinaria presciencia:
«10 de julio de 1944 .Dado el espectacular avance ruso así como la conquista de Caen, que por cierto ha sido oportuísima, los alemanes no podrán, tal como se están poniendo las cosas, atender a ambos frentes. Pronto tendrán que decidir si han de lanzar el peso principal de sus fuerzas contra el ataque procedente del Este o contra el del Oeste. Sabiendo lo que pueden esperar de una invasión rusa, es probable que opten por concentrar su mayor esfuerzo en el frente ruso. Esto contribuirá a facilitar nuestra tarea en el Oeste.»


Stalin, que seguía atentamente el curso de nuestras operaciones, mando también su «felicitación con motivo de la nueva y espléndida victoria de las fuerzas británicas al liberar la ciudad de Caen».
Rommel



Cambios en el mando alemán


A mediados de julio habían desembarcado treinta divisiones aliadas. La mitad eran norteamericanas y la otra mitad británicas y canadienses. Contra estas fuerzas los alemanes habían agrupado veintisiete divisiones. Pero habían sufrido ya ciento sesenta mil bajas, por lo cual el general Eisenhower calculaba su fuerza efectiva en no más allá: de dieciséis divisiones. Por aquellos días se produjo un importante acontecimiento.
El 17 de julio Rommel resultó gravemente herido. Su coche fue atacado por nuestros cazas en vuelo bajo, y el mariscal hubo de ser conducido rápidamente a un hospital en estado al parecer preagónico. Se recuperó, no obstante, en forma asombrosa, aunque no mucho tiempo más tarde encontró la muerte por orden de Hitler. A principios de julio también Rundstedt fue reemplazado en el mando supremo del frente occidental por Von Kluge, un general que se había distinguido en la campaña de Rusia. La ofensiva general de Montgomery, prevista para el 18 de julio, estaba a punto de empezar. «Dios le proteja», le telegrafié. A lo cual contestó:


«Gracias por su mensaje. La situación general para el gran ataque de mañana es ahora muy favorable, pues el enemigo ha desplazado el grueso de sus fuerzas al oeste del Orne, tal como nosotros deseábamos, para oponerse a mis ataques en la zona de Evrecy. ataques que proseguirán durante todo el día y la noche de hoy. Para que la acción de mañana tenga pleno éxito es esencial que el cielo esté despejado a fin de no entorpecer el vuelo de los aviones. A poco que ello sea posible estoy decidido a lanzar hacia adelante las divisiones blindadas. Si es necesario, retrasaré la hora cero hasta las tres de la tarde.»


Las tropas británicas atacaron con tres cuerpos de ejército a fin de ampliar sus cabezas de puente y establecerlas bastante más allá del río Orne. La operación fue precedida por un intensísimo bombardeo a cargo de la aviación aliada. Se hizo todo lo necesario para impedir que las fuerzas aéreas alemanas interfirieran en absoluto. Registrose un considerable avance al este de Caen, hasta que la nubosidad, cada vez más densa, empezó a dificultar el vuelo de nuestros aviones y  produjo un retraso de una semana en el desencadenamiento de la operación de ruptura en el sector norteamericano.
Caen


Segundo viaje a Normandía

Consideré que aquella era una excelente ocasión para visitar Cherburgo y pasar unos cuantos días en el puerto sintético a fin de apreciar de cerca los detalles de su funcionamiento.
El 20 de julio me trasladé en un avión «Dakota» estadounidense directamente a la zona de desembarco de nuestros aliados en la península de Cherburgo, y el comandante norteamericano me acompañó por todo el puerto, explicándome cuanto tenía interés. Allí vi por primera vez una estación de lanzamiento de bombas volantes.
Era en verdad una cosa ,muy complicada. Me impresionaron las demoliciones que los alemanes habían llevado a cabo en la ciudad, y compartí la decepción del mando de aquel sector ante el inevitable retraso que ello implicaba para la labor de poner de nuevo en servicio las instalaciones portuarias. El fondo de la bahía estaba literalmente sembrado de minas de contacto. Un puñado de abnegados buzos ingleses trabajaban día y noche para desconectar aquellos artefactos que constituían un peligro mortal para cualquier buque que entrara en el puerto.
Después de un largo y accidentado viaje en automóvil hasta la cabeza de playa norteamericana conocida con el nombre de «playa Utah», subí a bordo de una lancha torpedera británica en la que hice una travesía muy movida hasta Arromanches, A medida que uno envejece, se va volviendo menos sensible al mareo. No sucumbí, pero dormí profundamente hasta que estuvimos en las tranquilas aguas de nuestra lagaña sintética. Subí a bordo del crucero «Enterprise», donde permanecí tres días enterándome concienzudamente de todo el funcionamiento del puerto artificial, del que dependían a la sazón casi por entero nuestros ejércitos, y al mismo tiempo despachando mis asuntos de Londres.
Las noches eran muy bulliciosas: había repetidas incursiones de aviones enemigos aislados, y las alarmas eran aún más numerosas. Durante el día estudiaba todo el proceso de desembarco de tropas y material, tanto en los muelles como en las playas. En una ocasión seis buques de transporte de tanques llegaron en línea a la playa. En cuanto sus proas hubieron embarrancado, bajaron los «puentes levadizos» y salieron los tanques, tres o cuatro de cada unidad, que avanzaron por sus propios medios hasta llegar a tierra. En menos de ocho minutos todos los tanques estaban en columna de marcha en la carretera, dispuestos para trasladarse al frente de combate.
Fue aquel un espectáculo impresionante, revelador del ritmo de descarga que se había alcanzado ya. Quedé fascinado al ver cómo los vehículos anfibios nadaban a través de la bahía, penetraban en tierra firme y luego remontaban la loma hasta el punto en que los camiones aguardaban para transportar el material a las distintas unidades. De la asombrosa eficiencia de aquel sistema, que a la sazón daba resultados mucho mayores de lo que jamás habíamos imaginado, dependían las esperanzas de una acción victoriosa y rápida.

Minúsculo y emotivo incidente
Montgomery

El último día de mi estancia en Arromanches visité el Cuartel General de Montgomery, instalado a pocos kilómetros tierra adentro. El comandante en jefe estaba de excelente humor en vísperas de la gran operación, cuyas características me explicó con toda clase de detalles. Me llevó hasta las ruinas de Caen y a la zona ocupada por nuestras tropas más allá del río, y visitamos asimismo otros puntos del frente británico.
Luego puso a mi disposición su avión tipo «Storch», cogido al enemigo, y el comandante de las fuerzas aéreas en persona lo pilotó para llevarme a hacer un recorrido por encima de todas las posiciones británicas. Visité también varios de los puntos de concentración de aviones y dirigí unas palabras a algunos grupos de oficiales y soldados de la R. A. F. Finalmente me trasladé al hospital de campaña, donde, a pesar de ser aquel un día tranquilo, estaban entrando heridos en número no desdeñable.
Un infeliz que había de ser sometido a una delicada operación estaba ya en el quirófano y a punto de recibir la anestesia. Yo me hallaba ya en la puerta, dispuesto a marcharme, cuando el herido manifestó su deseo de verme. Sonrió débilmente y me besó la mano. Este minúsculo incidente me emocionó en lo más hondo, y me alegré mucho al enterarme después de que la operación había terminado felizmente.
Aquel mismo día, 23 de julio, por la tarde regresé por vía aérea a L6ndres, adonde llegué antes del anochecer. Rendí el merecido homenaje al capitán Hickling, el oficial de Marina, qué tenía a su cargo el puerto de Arromanches: «25 de julio de 1944 Envío a usted y a todos los que se hallan baje su mando mi más calurosa felicitación por la espléndida labor realizada en Arromanches. Ese milagroso puerto ha desempeñado y seguirá desempeñando un papel importantísimo en la liberación de Europa. Espero hacerles otra visita dentro de poco tiempo. El presente mensaje deberá ser comunicado a todos los interesados, en tal forma que no llegue a conocimiento del enemigo, que ignora aún la capacidad y las posibilidades de Arromanches.» Querían dar a aquel puerto el nombre de «Puerto Churchill». Pero por diversas razones prohibí que se hiciera tal cosa.

La Vanguardia 30-10-1953

dimecres, 3 de maig del 2017

Memorias de Winston S. Churchill (II)

LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL



Excesiva dispersión de fuerzas

El mariscal Rundstedt, con sesenta divisiones, ostentaba él mando de toda la «muralla del Atlántico», desde los Países Bajos hasta ei Golfo de Vizcaya, y desde allí a lo largo de la costa meridional francesa. Rommel, a las órdenes de aquél, tenía bajo su mando la zona costera comprendida entre Holanda y el Loira, Su XV Ejército, con diecinueve divisiones, guarnecía el sector Calais-Boulogne, y su VII Ejército tenía nueve divisiones de infantería y una acorazada en Normandía.
Las diez divisiones blindadas de todo el. frente occidental estaban diseminadas entre Bélgica y Burdeos. Es realmente curioso que los alemanes, a la defensiva en aquella sazón, cometieran el mismo error que los franceses en 1940 y tuviesen dispersada su arma más poderosa de contraataque. Cuando Rommel se hizo cargo de su mando a fines de enero, se mostró disconforme con el sistema de defensas que encontró y dedicó toda su energía a mejorarlo en gran manera.
A lo largo de la costa había una linea de fortificaciones de hormigón con excelentes defensas, muchas minas y obstáculos de diversas clases, especialmente debajo de la línea de ¡a pleamar. Había cañones, fijos que apuntaban hacia el mar, y las playas, estaban cubiertas de artíllería de campaña. En tanto que no había una segunda línea completa de defensa, los pueblos de la retaguardia estaban vigorosamente fortificados. Rommel no se sentía satisfecho con las mejoras logradas hasta principios de junio, y si hubiese tenido más tiempo, nuestra tarea habría sido más difícil.

Frutos de la "Guerra mágica"
Nuestro bombardeo, inicial por aire y por mar no destruyó muchas de las fortificaciones de hormigon, pero al aturdir a sus defensores redujo notablemente su fuego e inutilzó prácticamente su «radar». . 
El sistema alemán de señales babía quedado totalmente paralizado. Desde Calais hasta Guernsey los alemanes tenían no menos de ciento veinte grandes aparatos de, «radar» para localizar nuestros convoyes y orientar el fuego de sus baterías costeras.
Dichos aparatos estaban agrupados en cuarenta y siete estaciones. Las descubrimos todas y nuestros aviones las atacaron con tanto éxito por medio de proyectiles-cohete, que la víspera del día «D» apenas si funcionaba una sexta parte de ellas. Las que continuaban en servicio fueron inutilizadas en la práctica mediante el ingenioso sistema de tiras de papel de estaño (sistema conocido con el nombre de «ventana» y del que ya he hablado en uno de los anteriores volúmenes de esta obra), que simulaban un convoy con rumbo al este de Fecamp, cerca de El Havre, con lo cual no detectaron los desembarcos, auténticos. Uno de los aparatos de «radar» situado cerca de Caen logró seguir funcionando correctamente y descubrió la proximidad de las unidades navales británicas, pero en la estación central hicieron caso omiso de sus señales porque éstas no fueron corroboradas por ninguna de las otras estaciones. No fue ésta la única amenaza que quedó eliminada.
Estimulado por el éxito que alcanzó dos años antes el conseguir que nuestros servicios de señales no advirtieran el paso por el Canal de la Mancha del «Scharnhorst» y el «Gneisenau», el enemigo había construido muchas más estaciones de desorientación electromagnética para frustrar los esfuerzos tanto de los buques que guiaban a nuestros, cazas nocturnos como de los haces de «radar» de los cuales dependían muchos de nuestros aviones para aterrizar debidamente sin visibilidad. 
Pero también dichas estaciones fueron descubiertas, y los aparatos de bombardeo realizaron varias incursiones en masa contra ellas. Todas quedaron destruidas, y nuestros servicios auxiliares de radio y «radar» pudieron funcionar sin inpedimentos.

Errores alemanes fundamentales
Es verdaderamente notable el hecho dé que el gran asalto, planeado durante tanto tiempo, constituyera para el enemigo una sorpresa lo mismo en el tiempo que en el espacio.
El Alto Mando alemán había sido informado de que durante el día «D» las condiciones meteorológicas serían demasiado desfavorables para realizar operaciones anfibias, y no había recibido informes recientes de los aviones de reconocimiento respecto a la concentración de nuestros millares de buques a lo largo de la costa inglesa. El 5 de junio, a primera hora, Rommel abandonó su Cuartel General para ir a entrevistarse con Hitler en Berchtesgaden. Sé hallaba, por lo tanto, en Alemania cuando nosotros descargamos el golpe.
En el seno del Alto Mando alemán había habido largas discusiones acerca del frente en que atacarían los aliados. Rundstedt había creído siempre que nuestro ataque principal sería a través del estrecho de Dover, dado que éste era el camino más corto por mar y constituía el acceso más directo al corazón de Alemania.
Rommel estuvo plenamente de acuerdo on él. Sin embargo, parece ser que Hitler y su Estado Mayor habían recibido informes en el sentido de que el campo de batalla principal sería la región de Normandía.  Incluso después del desembarco aliado prosiguió la incertidumbre. Hitler perdió todo un día — grave pérdida en aquellos momentos— antes dé decidirse a enviar las dos divisiones blindadas más próximas a reforzar el frente. El Servicio de Información alemán se excedió ampliamente en sus cálculos respecto al número de divisiones y de buques disponibles en Inglaterra.
A su juicio había aún recursos suficientes  para efectuar un segundo desembarco en gran escala. Por consiguiente, el de Normandía era a buen seguro no más que un desembarco preliminar y marginal. El 19 de junio Rommel informaba a Von Rundstedt: «...es de temer un desembarco en gran escala en el frente del Canal a ambos lados del cabo Gris Nez (en el estrecho de Dover) o entre el Somme y El Havre», y repitió la advertencia una semana más tarde.
Asi, pues, hasta la tercera semana de julio, o sea seis semanas después del día «D» los alemanes no enviaron reservas del XV Ejército hacia el Sur, procedentes del Paso de Calais, para.que tomasen parte en la batalla. Nuestras medidas de desorientación, lo mismo antes, que después del día «D» habían tendido a crear aquella confusión de ideas. Él éxito de las mismas fue admirable e inflluyó grandemente en el resultado de la batalla.



29-10-1953 La Vanguardia

dimarts, 2 de maig del 2017

Memorias de Winston S. Churchill (I)


LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

Sexta y última parte: TRIUNFO. Y TRAGEDIA

PREFACIO
Con este volumen termina mi relato personal de la Segunda Guerra Mundial. Entre los desembarcos anglonorteamericanos en Normandia el 6 de junio de 1944 y la rendición de todos nuestros enemigos catorce meses más tarde ocurrieron hechos de extraordinaria trascendencia para el mundo civilizado.
La Alemania nací fue aplastada, dividida y ocupada; la Rusia soviética se estableció en el corazón de la Europa occidental; el Japón quedó vencido; fueron arrojadas las primeras bombas atómicas. En éste como en los anteriores volúmenes he narrado los hechos tal como yo los vi y los conocí en mí calidad de jefe del Gobierno y ministro de Defensa de la Gran Bretaña. He tomado como base, al igual que en las ocasiones anteriores, los documentos y los discursos preparados al calor del afán de cada hora, convencido  como estoy de que los mismos dan una idea más veraz de lo que ocurrió entonces que todas las reflexiones posteriores hechas a sangre fría.
El texto original quedó terminado hace ya cerca de dos años. En este intervalo otros quehaceres me han obligado a limitarme a supervisar con carácter general las tareas de comprobación de las afirmaciones concretas que se hacen en estas páginas, así como las destinadas a obtener las autorizaciones necesarias para publicar los documentos originales. He titulado este volumen «Triunfo y Tragedia», porque la abrumadora victoria alcanzada por la Gran Alianza no ha logrado hasta ahora, traer la paz general a nuestro angustiado mundo.
WINSTON" S. CHURCHILL
Chartwell, Westerham, Kent. Septiembre de 1953,

LA MAREA DE LA VICTORIA
I
La Hora H

Nuestros largos meses de preparativos y proyectos para la operación anfibia más grande de la Historia terminaron el dia «D». 6 de junio de 1944. Durante la noche anterior, la ingente masa de convoyes y sus navios de escolta zarpó de la isla de Wight, sin que el enemigo lo advirtiera, rumbo .a la costa de Normandia. Oleadas sucesivas de bombarderos pesados de las Reales Fuerzas Aéreas atacaron las baterías alemanas de defensa costera en sus emplazamientos de hormigón, arrojando 5.200 toneladas de explosivos.
Al romper el alba entró en escena la aviación norteamericana para machacar otras defensas de la célebre «muralla del Atlántico» La obra destructora fue proseguida luego por bombarderos medios y ligeros. En las veinticuatro horas del 6 de junio la aviación aliada realizó unas 14.600 salidas. Tan grande era nuestra superioridad aérea, que lo único que el enemigo pudo oponer a la acción aliada durante las horas diurnas sobre las playas de invasión fue un centenar escaso de salidas de sus aviones.

Sorpresa táctica

Desde la medianoche estaban aterrizando, tres divisiones aerotransportadas: la 6ª División británica de dicho servicio, al nordeste de Caen con objeto de apoderarse de varias cabezas de puente sobré el río entre la ciudad y el mar y dos divisiones norteamericanas al norte de Carentan para apoyar el desembarco en las playas e impedir el envío de reservas enemigas a la península de Cotentin. Aunque en algunos puntos las "fuerzas aerotransportadas quedaron más esparcidas de lo que se había previsto, fueron alcanzados los objetivos en todos los casos.
Al despuntar el día los buques, grandes y pequeños, empezaron a alinearse en sus posiciones previamente designadas para al asalto. En aquellos momentos el espectáculo tenía a buen seguro mucho de revista naval. La oposición inmediata quedó limitada a un ataque con lanchas torpederas que hundieron un destructor noruego. Incluso cuando empezó el bombardeo naval la réplica da las baterías costeras tuvo un carácter inconexo y prácticamente nulo en sus efectos.
Era evidente que habíamos logrado una sorpresa táctica. Las lanchas de desembarco y las unidades de apoyo, con tropas de infantería, tanques, artillería ligera y gran diversidad de armas, así como con equipos especializados en trabajos de demolición, se agruparon en forma sistemática y sé dirigieron hacia las playas. Entre las unidades de apoyo figuraban los tanques anfibios, que entraban en combate por primera vez en gran escala. El mar estaba aún muy movido a causa del mal tiempo de la víspera, y muchos tanques anfibios se hundieron durante la travesía. En cuanto las vanguardias de la infantería pusieron pie en tierra firme, se lanzaron hacia sus objetivos, y en todos los casos, excepto uno. hicieron notables progresos.
En la playa «Omaha», al noroeste de Bayeux, el V Cuerpo de Ejército norteamericano tropezó con dura resistencia. Por una infortunada casualidad, pocos días antes se había hecho cargo de las defensas de aquel sector una división alemana completa con todo su armamento y con orden de permanecer alerta. Nuestros aliados hubieron de luchar encarnizadamente todo e! día, y hasta el 7 de junio, después de perder varios miles de hombres, no lograron abrirse paso tierra adentro.

Informé a los Comunes
El 6 de junio, al mediodía pedí a la Cámara de los Comunes que se diese oficialmente por enterada de la liberación de Roma por los ejércitos aliados bajo el mando del general Alexander, noticia ésta que los periódicos habían publicado ya la noche anterior. Los diputados estaban vivamente, interesados en que seles informara acerca de los desembarcos en Francia, que todos ellos sabían que se hallaban en curso en aquellos momentos. No obstante, dediqué diez minutos a hablar de la campaña de Italia y rendir homenaje a los ejércitos aliados que luchaban allí. Después de tener así a la Cámara con el alma en un hilo durante un rato, dije:

«He de anunciar también a la Cámara que durante la noche pasada y las primeras horas de esta mañana se ha llevado a cabo la primera serie de desembarcos en gran escala en el continente europeo. Esta vez el asalto liberador tiene como escenario la costa francesa. Una inmensa armada de más de cuatro mil buques, junto con varios millares de embarcaciones más pequeñas, han cruzado el Canal. Se han realizado con éxito  

aterrizajes en  masa de fuerzas aerotransportadas detrás de las líneas enemigas, y en este momento se hallan en curso desembarcos en las playas en diversos puntos... Los jefes de las unidades combatientes informan que hasta ahora todo se desarrolla de acuerdo con el  plan establecido. ¡Y qué plan! Esta vasta operación es sin duda alguna la más complicada y difícil que se haya emprendido jamás. Supone tener en cuenta las mareas, los vientos, el oleaje, la visibilidad tanto en el aire como en el mar, y entraña el empleo combinado de fuerzas terrestres, aéreas y navales que han de actuar en la más estrecha colaboración y afrontar circunstancias que no ha sido ni es posible prever...
La batalla que acaba de empezar aumentará constantemente de volumen y en intensidad por espacio de muchas semanas, por lo cual no trataré de hacer especulaciones respecto al curso de la misma. No obstante, una cosa sí puedo afirmar. Entre los ejércitos aliados reina la más completa unidad. Hay una fraternidad de armas entre nosotros y nuestros amigos de los Estados Unidos. Existe plena confianza en el comandante supremo, general Eisenhower, y sus lugartenientes, así como en el jefe del cuerpo expedicionario, general Montgomery...»




Stalin, enterado




Por la tarde consideré que debía informar a Stalin.


«Todo ha empezado bien. Las minas, obstáculos y baterías terrestres han sido ampliamente desbordados. Los desembarcos aéreos se han realizado felizmente y en gran escala. Los desembarcos de las fuerzas de infantería prosiguen con rapidez, y muchos tanques y. cañones móviles están ya en tierra firme. Los pronósticos meteorológicos son bastante alentadores.»


En su respuesta, que no se hizo esperar, me daba noticias de la máxima importancia:
«He recibido su comunicación acerca del éxito inicial de la operación «Overlord». El hecho nos complace a todos y deseamos se produzcan nuevos triunfos. La ofensiva de verano de las fuerzas soviéticas, organizada en cumplimiento de lo acordado en la Conferencia de Teherán, empezará hacia mediados de junio, en uno los sectores importantes del frente. La ofensiva general de las fuerzas soviéticas se desarrollará por etapas mediante la entrada sucesiva de cuerpos de ejército en las operaciones de ataque. A fines de junio y durante el mes de julio, éstas se habrán convertido en una ofensiva general dé las fuerzas soviéticas. No dejaré de informar a usted oportunamente del curso de las operaciones ofensivas;»


Más explicaciones
Precisamente me disponía yo a dar cuenta más detallada a Stalin de nuestros avances, cuando llegó su telegrama: Del primer ministro británico al mariscal Stalin. 7 de junio de 1944:«Estoy muy satisfecho con la situación tal como se presenta hoy al mediodía. Sólo en una de !as playas. en que han desembarcado les norteamericanos ha habido dificultades serias, y aun estas han quedado ya vencidas.
Veinte mil hombres de las fuerzas aerotransportadas han aterrizado sin novedad detrás de los flancos de las líneas enemigas y han establecido contacto en todos los casos con las fuerzas norteamericanas y británicas transportadas por mar.
El cruce del Canal se llevó a cabo con escasas bajas. Habíamos calculado que perderíamos unos diez mil hombres. Confiamos tener esta noche alrededor de doscientos mil hombres en el Continente, además de una considerable cantidad de tanques... Rigurosamente secreto: Pensamos construir rápidamente dos grandes puertos sintéticos en las playas de la amplia y arenosa bahía formada por el estuario del Sena. Hasta ahora no se ha visto nada parecido.
Los grandes transatlánticos estarán en condiciones de descargar en numerosos muelles los suministros necesarios para las tropas combatientes. Esto será algo totalmente inesperado para el enemigo y nos permitirá actuar prescindiendo en gran manera de las condiciones meteorológicas. Esperamos llegar a Cherburgo en una de las primeras fases de las operaciones... Confiamos que este feliz  desembarco y la victoria en Roma, cuyos frutos han de ser recogidos aún con la destrucción de las divisiones alemanas copadas, constituirán un motivo de aliento para los valerosos soldados rusos después de todo el peso que han tenido que soportar y que nadie fuera de ese país ha apreciado en toda su magnitud mejor que yo.
Mientras dictaba lo que antecede, he recibido su telegrama acerca del feliz comienzo de la operación «Overlord», en el que se refiere usted a la ofensiva de veráno de las fuerzas soviéticas. Supongo que observará que nunca hemos preguntado a usted nada. Ello es debido a nuestra plena confianza en usted, en su nación y en sus ejércitos.»

He aqui su respuesta, que llegó poco después:
«He recibido su telegrama del 7 de junio con la información relativa al feliz desarrollo de la operación «Overlod». Todos saludarnos a usted y a los valerosos ejércitos británico y norteamericano, y les deseamos vivamente nuevos éxitos. La preparación de la ofensiva de verano de los ejércitos soviéticos está terminada. Mañana, 10 de junio, se iniciará la primera fase de nuestra ofensiva de verano en el frente de Leningrado.»

Armonía absoluta
Comuniqué esto en seguida a Roosevelt, El 11 de junio volvió a telegrafiar Stalin:
«Resulta evidente que el desembarco, concebido en una escala grandiosa, ha alcanzado un éxito completo. Tanto mis colegas como yo no podemos menos de reconocer que la historia de la guerra a través de los siglos no registra otra empresa parecida desde el punto de vista de su magnitud, su vasta concepción y su magistral ejecución.
Como es bien sabido Napoleón en su tiempo fracasó ignominiosamente en su plan de cruzar el Canal. Hitler el histérico, que durante dos años se jactó de que forzaría el paso del Canal de la Mancha, no logró ni siquiera dar la sensación de que intentaba poner en práctica su amenaza. Tan sólo nuestros aliados han logrado realizar con honor el grandioso plan de forzar el paso del Canal. La Historia registrará este hecho como una proeza del más alto grado.»
Fácil es ver, por la lectura de los documentos aquí transcritos, que en aquel entonces la armonía era absoluta.


La Vanguardia 23-10-1953



dilluns, 1 de maig del 2017

Polaris (IV)

HISTORIA Y REALIDAD DE LOS «POLARIS»


CADA PROYECTIL CUESTA 750.000 DOLARES LOS SUBMARINOS PORTADORES DEL ARMA NAVEGAN SIN REFERENCIAS ÓPTICAS NI RADIADAS o BLANCO EN UN OBJETIVO DE 800 METROS DE DIÁMETRO DESDE 5.000 KILÓMETROS DE DISTANCIA


Lo que constituye el gran secreto de los submarinos armados con «Polaris» es un complicado aparato que se llama «Sins», por las Iniciales de las palabras «Ship Inertial Navigation System». El «Sins» es la respuesta a los técnicos que en la fase inicial del proyecto negaron que se pudiese disparar un cohete balístico desde una plataforma en movimiento y, además, sometida al cabeceo y al vaivén provocado por el mar. Con el «Sins», en efecto, el submarino puede navegar en inmersión sin referencias ópticas ni de radio y alcanzar, con extrema precisión, la localidad fijada para el lanzamiento. Latitud y longitud son determinadas con precisión matemática. Otros instrumentos, siempre conectados al «sistema de navegación inercial» miden el cabeceo y el vaivén del buque, y las desviaciones provocadas por las corrientes marinas. Todos estos datos, minuciosamente elaborados, son introducidos a continuación en el cerebro electrónico del cohete, comprendidos los momentos en que el submarino se encuentra fondeado para aprovisionarse o, después de dos años de actividad ininterrumpida, para reponer la carga de uranio que desarrolla una potencia de 31 millones de caballos de vapor por hora.
Raborn

FRACASO INICIAL Y DESQUITE El cohete «Polaris» estuvo listo el 24 de septiembre de 1958 y fue probado «en seco» en el polígono de Cabo Cañaveral. El lanzamiento falló, y después de aquella prueba fallaron también otras. El cohete partía regularmente, pero apenas estaba en el aire, «se volvía loco», o sea, escapaba a las órdenes y había que destruirlo en vuelo. El aparato volvió al taller y, después de investigaciones y experimentos estáticos, se descubrió que cuando el «Polaris» superaba la barrera del sonido, la corriente de aire absorbía el ardor de la descarga, el cual quemaba los mandos del cohete. Pocos kilos de aislante bastaron para eliminar el inconveniente. Las críticas contra Burke y Raborn fueron ásperas; muchos volvieron a habiar del «Júpiter» como de una esperanza arrinconada; hasta el presidente Eisenhower hizo saber a los dos almirantes que censuraba su testarudez. Pero Burke no se dio por vencido y defendió a Raborn, amenazando con una ruidosa dimisión. El desquite se produjo a siete meses de distancia; en efecto, el 20 de abril de 1959. después de 85 disparos en parte negativos, se efectuó el lanzamiento desde el fondo, que compensó de todas sus fatigas a dos hombres que habían creído en la eficacia del «Polaris». El 20 de julio de 1960, se verificó la prueba desde el
sumergible «George Washington», a profundidad de 30 metros, frente a las costas de Florida. A bordo del buque estaba Raborn. Burke, ansioso, se había quedado en Washington. Acabado el experimento, Raborn, con la radio de a bordo, mandó un mensaje a su superior. Decía: «El bautismo del «Polaris» se ha verificado con el agua limpia de los abismos marinos».

UN SUBMARINO POR DENTRO He visto en Groton un submarino lanzacohetes. He entrado en el buque cuyas dimensiones recuerdan la idea de un monstruo. En el centro están los 16 tubos verticales, pintados de un color verde pálido, que contienen otros tantos artefactos de fuerza diabólica. Bajo los tubos hay una esfera de acero que contiene el aire comprimido necesario para el lanzamiento. El «Polaris» es un cohete de dos fases bien visible. Entre la cabeza nuclear y el segundo estadio se nota un pequeño disco de metal con una minuscula cerradura en el centro. La llave está en manos del comandante. Es la llave que slrve para poner la espoleta a la bomba. De regreso de Groton tuve ocasión de hablar largamente con el almirante Raborn. Me dijo que el acoplamiento del sumergible atómico ton el cohete «Polaris» constituía el acontecimiento más importante en el campo de la ciencia militar. Hablamos luego de la potencia y de la precisión del proyectil. Me dijo: «En cuanto a la precisión, recuerde que el «Polaris», en numerosas pruebas, a 2.500 kilómetros de distancia alcanzó un objetivo de 800 metros de diámetro. Con la tercera versión, el «A-3», actualmente el proyectil realiza una trayectoria de casi 5.000 kilómetros. Basta mirar un mapamundi para comprender la importancia de esta arma y ver los puntos que puede alcanzar. No existe rincón del mundo, desde el corazón de la Sibéria a la localidad más remota de China, que no sea alcanzable con los «Polaris». En cuestión de potencia, es lo mismo. Pensemos en la segunda guerra mundial. Berlín fue alcanzada por más de 100.000 bombas, pero no fue borrada del mapa. Con un «Polaris» no habría quedado huella. La cabeza nuclear de este proyectil es más potente que todas las bombas lanzadas durante el pasado conflicto, comprendiendo las dos atómicas que estallaron sobre el Japón». Pregunté en cuánto tiempo un «Polaris» alcanza el objetivo. «En recorrer 3.500 kilómetros —me contestó Raborn— emplea exactamente 17 minutos y desde un submarino puede dispararse uno cada minuto. En mi opinión, hoy, un submarino de la clase «Polaris» equivale a lo que fue la bomba atómica en 1945». Luego afirmó que el submarino «Polaris» tiene como campo de maniobra 150 millones de kilómetros cuadrados de océano, que cada buque submarino puede navegar en inmersión por tiempo indeterminado, que el cohete, por sí sólo, cuesta 750.000 dólares, que en 1965 los submarinos lanzacohetes serán 45, que son construidos 12 al año y que toda la escuadra costará 6.600 millones de dólares, mientras que en los experimentos se han gastado 2.000 millones. Después de una pausa, durante la cual estudió mis reacciones, añadió: «Los «Polaris» que usted ha visto en Groton eran de dos fases, ¿verdad?» Le mire asombrado. El se reía. «De dos fases» — contesté, seguro. «Se equivoca —replicó Raborn—, eran de tres fases, porque la primera, movible y veloz, está representada por el submarino». FIN

La Vanguardia 16-04-1963

How often should we shower, according to science?

The internet (like Siri) has become an oracle to which millions of people turn every day hoping to resolve their countless doubts. Google kn...