dissabte, 3 de juny del 2017

Memorias de Winston S. Churchill XXXIII

LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL



Grave tensión en el Próximo Oriente
La liberación de Francia dio origen a una grave crisis en Levante.
Era ya evidente desde hacia algún tiempo que sería preciso establecer un nuevo tratado para definir los derechos franceses en aquella región. A mi regreso de Yalta, me había entrevistada en El Cairo con el presidente de Siria y le había instado a concertar un acuerdo pacífico con Francia.

Cañonazos en vez de negociaciones
Los Estados de Levante (Siria y Líbano) no se mostraban muy dispuestos a entablar negociaciones, pero logramos persuadirles de que así lo hiciesen, y en consecuencia, habían empezado las conversaciones.
El delegado francés, general Beynet, se trasladó a París para recibir instrucciones y en toda Siria se esperaban con inquietud y nerviosismo las propuestas que formularía. Pasó algún tiempo; las proposiciones no llegaban, y de pronto circuló la noticia de que los franceses estaban mandando refuerzos a aquellas tierras.
El 4 de mayo yo había enviado a De Gaulle un telegrama en tono amistoso en el que le explicaba que nosotros no ambicionábamos absolutamente nada en los Estados de Levante y que retiraríamos nuestras tropas de Siria y el Líbano tan pronto como el nuevo, tratado estuviese firmado y entrase en vigor, pero señalaba también que, nos veíamos obligados a proteger nuestras líneas militares de comunicación a través del Oriente Medio contra posibles disturbios e interrupciones.
Churchill y De Gaulle

Le indicaba, que la llegada de refuerzos, siquiera fuesen poco numerosos, sería considerada inevitablemente como una coacción y podría tener graves consecuencias. Esta advertencia no fue atendida, y el 17 de mayo desembarcaron tropas francesas en Beirut. Aquello causó el efecto de una explosión Los Gobiernos sirio y libanes rompieron las negociaciones, y dijeron que como la guerra había terminado, debía pedirse a los aliados que evacuaran de allí a todas las tropas extranjeras. Estallaron huelgas y manifestaciones anti francesas.
En Aleppo hubo ocho muertos y veinticinco heridos. La Cámara de Diputados siria ordenó una leva forzosa.
El 28 de mayo el Foreign Office publicó un comunicado en el que deploraba la llegada de refuerzos franceses. Esto motivó al día siguiente una respuesta de París en el sentido de que los disturbios habían sido provocados artificialmente y que habían entrado en el territorio muchas más tropas británicas sin protesta alguna por parte de los sirios o de los libaneses y sin que los franceses dieran su conformidad.
Nosotros habíamos pedido al gobierno sirio el 25 de mayo que dominase la situación, pero el día 28 nos contestó que los acontecimientos eran superiores a sus fuerzas y que no podían seguir respondiendo del orden interno. La artillería francesa había empezado a disparar en Homs y Hama; por las calles de Damasco y Aleppo patrullaban carros blindados franceses; los aviones franceses volaban a baja altura por encima de las mezquitas a la hora de las plegarias y en las azoteas de los edificios había ametralladoras emplazadas.
El 29 de mayo, hacia las siete de la tarde, estalló una violenta lucha en Damasco entre las tropas francesas y los sirios, lucha que prosiguió durante la noche por espacio de varias horas. La artillería francesa abrió fuego, con grandes pérdidas de vidas humanas e importantes daños materiales.
Las tropas francesas ocuparon los edificios del Parlamento sirio. El cañoneo continuó en forma intermitente hasta el 31 de mayo, por la mañana, y hubo dos mil bajas entre muertos y heridos.

El difícil papel de mediador
El gobernador de Homs había recurrido ya al IX Ejército británico con objeto de concertar una tregua. Nosotros ya no podíamos mantenernos en un plan, de simples espectadores, y el 31 de mayo el general sir Bernard Paget, comandante en jefe de nuestras fuerzas del Oriente Medio, recibió orden de intervenir para restablecer el orden.
Comunicó nuestra petición al jefe militar francés, y éste, siguiendo instrucciones de París, proclamó el «alto el fuego». Yo envié a De Gaulle el telegrama siguiente:
«En vista de la grave situación que se ha creado entre sus tropas y los Estados de Levante, y teniendo en cuenta los violentos combates que se han producido, lamentándolo vivamente hemos ordenado al comandante en  jefe británico en el Oriente Medio que intervenga para impedir que siga habiendo efusión de sangre.

Hemos hecho esto en interés de la seguridad de todo el Oriente Medio, que lleva aparejada la seguridad de las comunicaciones para la guerra contra el Japón. A fin de evitar una colisión entre fuerzas británicas y francesas, requerimos a usted para que ordene inmediatamente a las tropas francesas que suspendan el fuego y se retiren a sus cuarteles.
Una vez haya cesado el fuego y haya quedado restablecido el orden, estaremos dispuestos a entablar deliberaciones tripartitas en Londres.» Por un error en la transmisión y sin que hubiese en ello descortesía intencionada, este telegrama fue leído por Mr. Eden ante la Cámara de los Comunes unos tres cuartos de hora, antes de que llegase a poder del general.
Este se consideró obligado a contestar públicamente en París el 1 de junio, diciendo que en realidad las tropas francesas habían sido atacadas por los sirios, pero habían dominado la situación en todas partes y que el propio Gobierno francés había ordenado el 31 de mayo el «alto el fuego».
Recibí una vehemente protesta del presidente de la República siria. Pero la acción que habíamos emprendido resultó eficaz. Yo tenía vivo interés en no vejar a los franceses más de lo que era inevitable y comprendía el punto de vista y el estado de ánimo de De Gaulle a propósito de una causa que le era particularmente cara. Pero el general supo también expresarse como estadista.
«No sentimos, en absoluto cólera ni rencor hacia los ingleses. Francia y también yo personalmente experimentamos por ellos la más alta consideración y el máximo afecto. Pero existe un conflicto de intereses que es preciso conciliar entre sí. Espero que todo esto no tendrá consecuencias demasiado profundas. Están en juego demasiados intereses comunes. Ha de haber paz.» Yo era de la misma opinión, y cuando el 5 de junio di cuenta a la Cámara de los Comunes de aquellos lamentables incidentes, dije que era uno de aquellos casos a los que conviene aplicar la fórmula: «Cuanto menos se hable de ello, mejor». .

Llamamiento a la concordia  
Del primer ministro ol general Paget.
«3 de junio de 1945; En cuanto sea usted dueño de la situación, deberá tener las máximas consideraciones con los franceses. Estamos íntimamente unidos a Francia en Europa, y el mayor triunfo de usted consistirá en establecer una paz sin rencores. No vacile en pedir todos los consejos que necesite fuera del dominio de las operaciones militares.
En vista de las noticias según las cuales han sido muertos algunos soldados franceses, ruego a usted tome todas las medidas necesarias para proteger a sus compañeros».
Telegrafié asimismo al presidente de Siria, a quien tenia por hombre sensato y competente:
«Ya que hemos acudido en ayuda de ustedes, espero que no harán más difícil nuestra tarea por medio de violencias y exageraciones. Los franceses tienen derecho a ser tratados tan equitativamente como ustedes, y por lo que se refiere a nosotros, los ingleses, que no codiciamos nada de lo que ustedes poseen, esperamos por su parte la moderación y el espíritu de cooperación que merecen nuestros desinteresados esfuerzos.»
 general Doyen

Asunto liquidado
Nuestra intervención dio fruto en seguida. El 3 de junio la guarnición francesa de Damasco se replegó a un campamento situado en las afueras de la ciudad, y el mismo día llegó a la capital siria un destacamento británico que había desembarcado del navio «Arethusa» en Beirut. 
El 4 de junio Mr. Shone, nuestro ministro en Damasco, entregó mi mensaje al presidente de la República siria, quien lo acogió bien y contestó en los siguientes términos: .
«El telegrama dirigido a Vuestra Excelencia lo cursé bajo el influjo de la honda emoción que me producían el bombardeo y los sufrimientos que estaba soportando el pueblo sirio. Le aseguro que no había exageración en mis palabras. Vuestra Excelencia habrá recibido entre tanto mi telegrama del 1 de junio expresando la gratitud del pueblo sirio por la intervención del Gobierno británico.
Tanto mi Gobierno como yo hemos hecho presente al ministro de Su Majestad y al comandante en jefe que nuestro único deseo es cooperar con las autoridades británicas en su tarea de restablecer el orden y la seguridad en Siria. Vuestra Excelencia puede tener la convicción de que esta colaboración con las autoridades británicas no tardará en dar buenos resultados.»
«El Presidente —decía Mr. Shone—, que estaba enfermo y en cama cuando envió su telegrama del 31 de mayo, está ya levantado y parece Completamente tranquilizado. Se muestra en un todo de acuerdo con usted y le está profundamente agradecido.
En cuanto al trato equitativo que habrá que conceder a los franceses, dice que pueden conservar sus escuelas (si aún hay ciudadanos sirios que quieran seguir yendo a ellas) y sus intereses comerciales, pero ni el Gobierno, ni la Cámara, ni el pueblo sirios estarán dispuestos a otorgarles en lo sucesivo ningún privilegio en este país después de lo que ha ocurrido.» El general Paget dominó la situación con gran habilidad. Todo discurrió con suavidad y quedó zanjado aquel espinoso y lamentable episodio de Siria.

Fricción en el noroeste dé Italia
Entre De Gaulle y el presidente Truman hubo otro incidente, menos grave, pero igualmente desagradable. En los últimos días de la guerra algunos contingentes del I Ejéreito francés que operaban en la reglón alpina cruzaron la frontera y penetraron en la provincia de Cuneo, en el noroeste de Italia.
El general Eisenhower les hizo ordenar que se retirasen, pero las unidades francesas en cuestión, respaldadas por su Gobierno, hicieron caso omiso de aquella orden. El 30 de mayo el general Doyen, comandante del Ejército francés de los Alpes, escribió una carta al general Crittenberger, jefe del IV Cuerpo de Ejército norteamericano destacado en el noroeste de Italia, refiriéndose al intento de establecer un Gobierno militar aliado en la provincia de Cuneo. La carta terminaba así:
Bernard Paget
«Francia nó puede consentlr que se introduzca contra su voluntad modificación alguna en el estado de cosas existente en la actualidad en los Alpes Marítimos. Esto sería contrario a su honor y a su seguridad. El Gobierno provisional de la República Francesa me ha ordenado que ocupe y administre dicho territorio.
Como esta misión es incompatible con el establecimiento de una delegación militar aliada en la misma región, mé veo obligado a oponerme a ello. Toda insistencia a este respecto cobraría un carácter netamente afrentoso e incluso hostil y podría tener graves consecuencias.»
El 2 de junio el general Crittenberger recibió otra carta del general Doyen:
«El general De Gaulle me ha dado instrucciones en el sentido de que haga constar con la mayor claridad posible al Mando aliado que he recibido la orden de impedir, por todos los medios necesarios, sin excepción, el establecimiento de un Gobierno militar aliado en los territorios ocupados por nuestras tropas y administrados por nosotros.»

La eficacia de Indignarse a tiempo
Este era un lenguaje sorprendente, fuesen cuales fueren las circunstancias. «¿No es Un tanto desagradable — escribí al Presidente cuando Alexander me hubo informado de los hechos—que se nos dirija en semejantes términos el general De Gaulle, a quien hemos instalado en una Francia liberada a costa de no pocos sacrificios de sangre y dinero norteamericanos y británicos?
Nuestra política respecto a Francia es de amistad.» Mr. Truman se indignó. Escribió a De Gaulle señalando que las cartas citadas más arriba contenían la amenaza casi increíble de un ataque de las tropas francesas, portadoras de armas norteamericanas, contra los soldados norteamericanos y aliados cuyos esfuerzos y sacrificios habían contribuido poco antes, y con tanto éxito, a la liberación de Francia.
El Presidente añadía que mientras no fuese retirada tal amenaza, no se entregarían más armas ni material a las fuerzas francesas.
El resultado fue inmediato. De Gaulle escribió, por mediación de su ministro de Asuntos Exteriores:
general Crittenberger
«Es evidente que. en ningún momento ha habido en las órdenes del Gobierno francés ni en las del general Doyen, que manda el destacamento de tropas de los Alpes, la menor intención de impedir por la fuerza la presencia de tropas norteamericanas en las pequeñas zonas que las tropas francesas ocupan actualmente al este de la frontera de 1939 -entre Francia e Italia.
Además las fuerzas norteamericanas están ahora junto a las francesas en aquellas zonas, en las que, al igual que en todas partes reina la más franca camaradería... El general Juin se trasladará mañana al cuartel general del mariscal Alexander para tratar de este problema dentro del más amplio espíritu de conciliación a  fin de que sea posible hallar una solución.»
Así terminó el asunto, si no de un modo agradable, por lo menos sin nuevas querellas. Estas cuestiones no conmovieron en absoluto a la opinión pública británica, cuya atención se hallaba desviada de los acontecimientos mundiales por la proximidad de las elecciones genérales.

La Vanguardia  17-12-1953

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