dimecres, 10 de maig del 2017

Memorias de Winston S. Churchill (IX)

LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL


Jornadas italianas


El 17 de agosto de 1944, por la mañana, salí en automóvil para ir a entrevistarme con el mariscal Alexander.

Tuve una gran satisfacción al verle por  primera vez desde su entrada en Roma, Me acompañó a todo lo largo del antiguo frente de Cassino, explicándome en detalle el curso de la batalla y mostrándome los puntos en que se habían librado los principales combates.
El monasterio en ruinas lo dominaba todo. Era muy fácil comprender la importancia táctica de aquellas, escarpaduras y aquel majestuoso edificio que durante muchas semanas tanto habían contribuido a detener nuestro avance. Cuando hubimos terminado el recorrido era ya hora de almorzar, cosa que hicimos al aire libre, en una mesa que nos habían preparado al efecto en un bósquecillo allí me encontré con el general Clark (comandante del V Ejército norteamericano) y ocho o diez, de los principales jefes británicos del XV Grupo de ejércitos.

Planes de ofensiva
Alexander me llevó luego en su avión personal hasta Pieria, la bella y famosa ciudad que yo había visitado en los lejanos tiempos de la paz.

Desde allí recorrimos nuestro frente de batalla del Arno. Nosotros estábamos en la margen meridional del río y los alemanes en la septentrional. Ambos bandos realizaban notables esfuerzos para destruir lo menos posible, y lo cierto es que el histórico puente de Florencia se salvó del caos bélico.
Nos alojamos en un hermoso pero desmantelado castillo a pocos kilómetros al oeste de Siena, y allí pasé un par de días trabajando (por lo general en la cama), leyendo y dictando telegramas. Naturalmente, en el curso de todos aquellos viajes llevaba conmigo a los elementos más destacados de mi secretaria particular, así como al personal necesario para los trabajos de cifra, lo cual me permitía recibir y contestar toda clase de telegramas sin pérdida de tiempo Alexander invitó a cenar con nosotros a los jefes, de sus principales unidades, y me explicó con todo detalle sus planes y sus dificultades. El XV Grupo de ejércitos había quedado literalmente desmantelado en el curso de los duros combates de los últimos tiempos.
Era, preciso abandonar los proyectos de gran alcance que habíamos trazado. Pero seguíamos teniendo la obligación de retener el mayor número posible da unidades alemanas en nuestro frente italiano. Para ello era indispensable lanzar una ofensiva; mas los ejércitos alemanes eran casi tan fuertes como los nuestros.
La intención era atacar a lo largo de todo el frente a primeras horas de la mañana del 26 de agosto. Nuestro flanco derecho se apoyaría en el Adriático, y el objetivo inmediato sería Rímini. Al Oeste, bajo el mando supremo de Alexander. se hallaba el V Ejército norteamericano. Este había sido mutilado al retirársele una parte importante de sus contingentes a fin de emprender el famoso desembarco en el sur de Francia, pero a pesar de ello avanzaría con espíritu vigoroso. ....

La amargura del general Clark
Churchill y Mark Clark

El 19 do agosto fui hasta Liorna a visitar al general Mark Clark, quien me recibió en su Cuartel General. Almorzamos, al airé libre, junto al mar.

En el curso de nuestras charlas confidenciales y amistosas tuve ocasión de darme cuenta de lo doloroso que había sido el desmembramiento de aquel ejército tan bien organizado para quienes lo dirigían. Recorrí la bahía en una lancha torpedera.
Luego fuimos a inspeccionar las baterías norteamericanas. Acababan de ser instalados dos nuevos cañones de 228 mm. y los artilleros me pidieron que disparase el primer obús. Todo él mundo se apartó, yo asi él tiraflector, sonó una violenta detonación, el cañón retrocedió violentamente y el puesto de observación informó que él proyectil había dado en el blanco. He de hacer constar que no fui yo quien apuntó.
Después me rogaron que revistase una formación de la brigada brasileña, primera unidad ele la división brasileña, Que acababa de llegar y que constituía un espectáculo impresionante, junto con algunas unidades de negros y norteamericanos de origen japonés. 
Durante todas aquellas idas y venidas estuve conversando con Mark Clark. El general no disimulaba la amargura que le producía el hecho dé que su ejército hubiese sido privado de lo que el consideraba una gran oportunidad de triunfo, idea que yo compártía plenamente. No obstante, Clark estaba dispuesto a presionaron el máximo vigor en el ala izquierda de las unidades británicas y mantener todo su frente en llamas.


Lo que se hubiese podido hacer

Montecassino


Era ya tarde y estaba absolutamente agotado cuando regresé al castillo de Siena, donde cenamos de nuevo con Alexander.
Cuando se trata de explicar por escrito los problemas relativos a la acción directa, hay que hacer un auténtico esfuerzo mental. Pero tales problemas cobran toda su fuerza cuando uno tiene ocasión de estudiarlos sobre el terreno.
Allí estaba aquel espléndido ejército, equivalente a veinticinco divisiones, una cuarta parte de las cuales eran norteamericanas, reducido hasta el punto de no tener vigor suficiente para producir resultados decisivos contra el poder inmenso de un enemigo a la defensiva. Muy poco más, tan  solo la mitad de lo que se nos había quitado, y habríamos podido irrumpir en el valle del Po, con todas las magníficas posibilidades que se nos ofrecían teniendo a Viena como meta final.
En las condiciones en que entonces se hallaban nuestras fuerzas —un millón de hombres aproximadamente — no podían desempeñar más que un papel secundario en un plan estratégico de grandes vuelos. Alexander, con estoicismo castrense, seguía mostrándose jovial, por lo menos en apariencia. Pero yo me retiré a descansar con ánimo sombrío. En asuntos de esta naturaleza, la responsabilidad alcanza tanto a quienes han propugnado la adopción de decisiones que no están a tono con las circunstancias como a quienes la han combatido..

Nubes de tormenta en Grecia

Como la ofensiva de Alexander no podía empezar hasta el 26 de agosto, me trasladé en avión a Roma el 21 por la mañana. La inminente crisis griega había sido uno de los principales motivos de mi viaje a Italia.
El 7 de julio el rey de Grecia había telegrafiado desde El Cairo que tras dos meses de «inútiles y tortuosas discusiones», los extremistas del E. A. M. («Frente de Liberación Nacional» griego, partido dominado por los comunistas habían repudiado el acuerdo que sus dirigentes habían firmado en el mes de mayo en el Líbano. Nos pedía que declarásemos una vez más que apoyaríamos al Gobierno de Papandreu, porque representaba a la mayoría de la nación griega, con excepción de los extremistas, y era el única organismo capaz de impedir la guerra civil y unir al país contra los alemanes. Nos pedía también que denunciáramos los manejos del E. L. A. S. (sección militar del E. . M.) y retirásemos las misiones militares que habíamos enviado para ayudar a sus componentes en la lucha contra Hitler.
El Gobierno británico acordó apoyar a Papandreu, pero después de una larga conversación, celebrada el 15 de. julio con el coronel Woodhouse, jefe británico que prestaba servicio en una de las misiones militares destacadas en Grecia, me avine a dejar a éstas allí de momento. Los rumores de que los alemanes estaban evacuando Grecia motivaron graves, disensiones en el seno del Gabinete de Papandreu, lo cual puso de manifiesto la fragilidad de la base en que se asentaba la acción común. Ésto hacía que yo considerase aun más necesario entrevistarme con Papandreu y con las personas de su confianza.
lord Moyne



Entrevista con Papandreu
El 21 de agosto, por la noche, celebré una larga conversación en Roma con Papandreu. Este me dijo que el E. A. M. había accedido a entrar a formar parte de su Gobierno en vista de la firmeza que los ingleses habíamos mostrado respecto a aquel partido, pero el Estado griego propiamente dicho no tenía armas ni policía.

Me pidió que ayudáramos a unificar la resistencia griega contra los alemanes. A la sazón únicamente tenían armas los que no debían tenerlas, y éstos constituían una minoría. 
Yo le dije que no podíamos prometer nada ni contraer obligación alguna respecto al envío de fuerzas británicas a Grecia, y que incluso era conveniente no mencionar en público tal posibilidad; pero le aconsejé que trasladara en seguida su Gobierno desde El Cairo, donde: el ambiente estaba cargado de intrigas, a algún punto de Italia cerca del Cuartel General del comandante supremo aliado.
Aceptó esta indicación mía. En este punto de la conversación se unió a nosotros lord Moyne (ministro de Estado en el Oriente Medio), y pasamos a ocuparnos de la situación del rey de Grecia. Yo dije que no era necesaria que hiciese ninguna nueva declaración, pues había afirmado ya que seguiría el consejo de su Gobierno acerca del regreso a su país. Nosotros no teníamos la menor intención de interferir el sagrado  derecho del pueblo griego a elegir entre Monarquía y República Pero correspondía a la totalidad del pueblo griego y no a un puñado de doctrinarios decidir, cuestión tan gravé.
Aunque yo personalmente ofrecía mi lealtad a la Monarquía constitucional que había tomado forma en Inglaterra, el Gobierno de Su Majestad se mostraba indiferente, respecto a la solución que Grecia diese a! problema, siempre que lo hiciese por medio de un plebiscito efectuado con todas las garantías. Señalé que como el E. A. M. había dejado de pedir la dimisión de Papandreu y solicitaba, en cambio, entrar a formar parte de su Gabinete, el primer ministro griego, era. el jefe de un Gobierno verdaderamente nacional.
Pero le puse en guardia contra las influencias subversivas. Convinimos en que no era oportuno poner en libertad a los amotinados griegos en aquel momento crítico de la guerra, y que debíamos esperar a. ver cómo se comportaban ellos y sus delegados antes de enviar más armas al E. L. A. S. Trataríamos, en cambio de formar un Ejército nacional en Grecia.  Papandreu se quejó también de que los búlgaros estaban ocupando aún territorio griego. Dije que les ordenaría que se retirasen, hasta más allá de sus fronteras en cuanto tuviésemos la seguridad de que nos obedecerían, pero que las reclamaciones griegas contra ellos en aquella zona y en el Dodecaneso no debian ser planteadas hasta después de la guerra. 
Entre tanto nosotros haríamos cuanto pudiésemos para ayudar, a la reconstrucción de su país, que había sufrido mucho y merecía el mejor trato posible. Ellos, por su parte, debían también hacer todo lo necesario. Lo mejor de momento era que Papandreu estableciese un Gobierno griego en el territorio nacional. Las cuestiones fronterizas habían de esperar hasta que se concertasen los tratados de paz.


Los «comunistas cristianos»
Durante mi permanencia en Roma me alojé en la Embajada británica.

Siguiendo los consejos de nuestro embajador, sir Noel Charles, me puse en contacto con la mayoría de, las principales figuras del naufragio político italiano producido por veinte años de dictadura, una guerra desastrosa, una revolución, una invasión, una ocupación, un control interaliado y otros males semejantes.
Celebré conversaciones, entre otros, con el señor Bonomi y el general Badoglio, así como con el camarada Togliatti, que había regresado, a Italia a principios de año tras una larga estancia en Rusia.
Los jefes de todos los partidos italianos fueron invitados a entrevistarse conmigo. Ninguno de ellos poseía mandato electoral, y los nombres de sus agrupaciones políticas, que querían resucitar el pasado, habían sido elegidos con la evidente intención de asegurarse la supervivencia en el futuro. — ¿Qué partido es el de ustedes? — pregunté a uno de los grupos. — Somos los comunistas cristianos — contestó su jefe. Al oír lo cual no pude manos de comentar: — Para el partido de ustedes ha de ser muy emocionante tener tan cerca las catacumbas.
No dieron señal alguna de haber comprendido el sentido de mi observación, y ahora, al pensar en aquello, me temo que acaso vieron en mis palabras una alusión a las bárbaras ejecuciones en masa que los alemanes habían perpetrado recientemente en aquellos antiguos sepulcros. Pero en Roma es excusable hacer alusiones de carácter histórico. La Ciudad Eterna, alzándose por doquier, majestuosa y al parecer invulnerable, con sus monumentos y sus palacios y su esplendor de ruinas no producidas por los bombardeos, ofrecía un notabilísimo contraste con los seres diminutos y fugaces que se acomodaban dentro de sus límites.

Audiencia pontificia

El 23 de agosto fui recibido en audiencia por el Papa.

Habia visitado a su predecesor cuando estuve en Roma en 1926 como canciller de la Tesorería con mi hijo Randolph, muy joven en aquel entonces, y guardaba un recuerdo sumamente agradable de la amabilidad con que nos había acogido. Aquellos eran los tiempos de Mussolini. Esta vez me recibió el Papa Pío XII con la máxima pompa.
No sólo estaba formada la Guardia Pontificia, con su soberbio atavío, a lo largo de la interminable serie de antecámaras, salones y galerías que cruzamos, sino que estaba asimismo presente la Guardia Noble, constituida por representantes de las más ilustres y antiguas familias de Roma, con un magnífico uniforme medieval que yo no había visto nunca hasta entonces.
El Papa me recibió en su estudio con esa mezcla de dignidad y sencillez que tan maravillosamente sabe fundir en su persona. No nos faltaron, en verdad, temas de conversación. El que ocupó lugar más destacado en aquella audiencia, como lo había ocupado en la que me concedió dieciocho años antes su predecesor, fue el peligro del comunismo. Yo he sentido siempre la más profunda aversión por este sistema político-social, y si algún día volviese a tener el honor de ser recibido por el Sumo Pontífice, no vacilaría en insistir sobre el tema. 
Nuestro ministro en el Vaticano, sir D'Arcy Osborne, me volvió a llevar en su coche hasta la Embajada. Allí me entrevisté por primera vez con el príncipe heredero Humberto, que en su calidad de lugarteniente del Reino mandaba las fuerzas italianas destacadas en nuestro frente. Observé complacido que poseía una personalidad vigorosa y atrayente, así como un hondo conocimiento de toda la situación política y militar. Me inspiró un sentimiento de confianza que no había experimentado en el curso de mis conversaciones con los políticos.
Yo esperaba que desempeñaría su papel en la Instauración de una Monarquía constitucional al frente de una Italia libre, fuerte y unida. Pero esto no era asunto mío. Bastante quehacer tenía ya con los problemas que estaban planteados. La sublevación de Varsovia se hallaba en curso desde hacía cerca de un mes. Los insurgentes se encontraban en situación casi desesperada, y yo sostenía a la sazón una correspondencia muy tirante con Stalin y el presidente Roosevelt, como verá el lector en otro capítulo de esta obra.

La Vanguardia 18-11-1953

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